Mangantes

Hoy iba en el tram, rodeado de una docena de jovenzuelos transalpinos, que nos alegraban el viaje a todos con su espíritu fiestero, cuando la tragedia comenzó: el revisor, un gordo, barriga cervecera, calvorota y gafotas, un Švejk bobalicón, entró, el muy mezquino vestido de paisano; y pidió muy amablemente, de usted, el billete a una chica de ojos etruscos ocultos tras unas gafas de pasta de D&G.

“Vaše jízdenka, prosím”

Pese a no entender ni papa de esa germanía tan complicada, y a que, lo dicho, el hombre no vestía uniforme, la muchacha inmediatamente abrió su mochilina estilo manga y sacó un billete nuevito, sin arruga ni mancha, virginal, (como ella), osea, sin ticar.

El hombre negó con la cabeza y ella se levantó. Desconcertada, se refugió en su piara de compañeros de viaje y con la prisas se sacó de la manga la primera táctica que se le ocurrió: hacerse la sueca. “Ma che? non comprendo niente” Evidentemente no funciona si has contestado en la lengua de Petrarca. “Prego, bigliette convalidato.” Vaya! un revisor políglota, lo que les faltaba.

Segunda táctica: La bambina explicaba sin pausa alguna, zapeando entre el italiano y el inglés, que por supuesto era un malentendido. Ella, nos prometió a todos en viva voz y agitando sus mangas de arriba a abajo, que iba a ticar, pero que le faltó el tiempo. Pero vamos, hombre, si acaba de entrar! Sólo le dio tiempo a buscar un asiento, y sentarse sobre él y rebuscar en su mochila menuda, que la pobre lo tenía manga por hombro, su iPhone.

 “Settecento korun, o dovrà scendere dal tram”

 Por Dios! Habrase visto. Ponerle una multa de 28 euros a la chiquilla. Seguro que si fuera bohemia tendría más manga ancha. Racista! Si sólo es un niña. Pero, Señor, mire sus ojos oscuros y cristalinos como la pantalla de su smartphone ¿Cómo va ser capaz de mangar algo?

Sí así es como esperan los praguenses fomentar el turismo, bien harían en aprender de nosotros que de eso sabemos un cuanto ¿Acaso las playas de la Manga no les reciben a ustedes alegres y soleadas, y les consentimos a sus mujeres emborracharse como ménades y prostituirse por un cubata a cuenta de un pagafantas patrio? Pagan once italianos ¿y acaso no va invitar ni si quiera a una? Con todas estas excusas en nuestras tierras del Sur la ragazza ya lo tendría comiendo de su mano (essendo nella manica) pero no fue el caso.

Por entonces, ya no pude seguir la conversación, pues la manada rodeo a la donna, y el frío revisa-papeles, que por su cabezonería demostró ser más corto que las mangas de un chaleco, les mandó bajar. El resto de viajeros tuvimos que despedir con melancolía a los jóvenes tripulantes que nos abandonaban en la octava parada, nelle ottavo cerchio nell’inferno di Dante.

La chica no se iba dejar mangonear así como así, se guardaba un último as en la manga: Lloró. Lloraba cual madonna (como buena virgen que era) ante su hijo muerto, manos abrazadas, rogando: Pietá! Lloró un río Po y aún así no hubo manera. El tram arranca, el viaje debe continuar sin ellos, puntualmente. Seguramente el kafkiano revisor en su insistencia se saldría con la suya. Pero también estoy seguro de que por encima de la ley se elevó el espíritu de compañerismo, y entre todos le echarían una “manica”, pondrían dinero para salvar a la damisela en apuros de sus deudas con el tacaño servicio de transporte de Praga, y se despidirían del viejo tiquismiquis con efusivos cortes de manga. Y mientras a nosotros, a los viajeros, nos esperaba una nueva revisión en cinco minutos.

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